Por: Briseida Valdés
Resulta curioso cómo a veces sabemos que algo existe, pero al no tener la capacidad de nombrarlo pasa desapercibido y se vuelve difuso. ¿Cómo entender algo que no sabemos nombrar? Pues es lo que me ha sucedido con el diseño escenográfico.
Desde muy pequeña me asombra la capacidad del Teatro para transportarnos a mundos completamente, fuera de nuestra cotidianidad. Cuando tenía 8 años y llegaba el día de la presentación de nuestro grupo de ballet, entendía lo que sucedería; la música, la coreografía, el vestuario, todo era lo mismo, pero algo que no había previsto estaba presente, e hizo que todo fuera diferente: la disposición del espacio, la iluminación, el movimiento propio de la indumentaria y todo lo que sucedía detrás del escenario.
La suma de todo me hizo amar ese momento, ya no sólo percibía la magia que sentimos al ver un espectáculo, sino la magia que se construye desde sus entrañas. En ese entonces nadie me dijo cómo se llamaba, pero lo descubriría tiempo después.
Ahora, como estudiante de escenografía aspiro a construir esa magia, aunque resulta más complejo que lo que la inmediatez mental nos quisiera hacer creer; para explicarme, te propongo hacer un ejercicio, ¿jugamos?
Imagina conmigo que eres un personaje, vas caminando a lo largo de una gran calle, de pronto, a tu derecha, encuentras un cartel que por su atractivo te incita a entrar, empiezas a sentir como un escalofrío recorre tu espalda, no entiendes muy bien por qué, pero al momento de entrar observas como una niebla cubre tu cuerpo, al punto de no lograr ver desde tus pies hasta la cintura, esa neblina va subiendo más y más, las luces, que hasta ahora habían pasado desapercibidas comienzan a hacerte sentir incómodo. Los colores que te rodean te generan una inquietud inexplicable, y de pronto ese lugar atractivo se vuelve el espacio perfecto para una aventura siniestra.
¿Lograste imaginar con exactitud el espacio?
¿Cómo es el lugar? ¿Qué formas tiene? ¿Cómo están dispuestas las luces que provocan inquietud? ¿Cuáles son los colores que eligió tu mente para generar esas sensaciones incómodas?
Se vuelve complejo aterrizar esos conceptos tan intangibles en algo palpable, perceptible y que pueda ser habitado, no por una persona, sino ¡por un personaje! Ese es el campo de acción del escenógrafo aquel que logra encontrar esos motivadores, esos detonantes de energía y sensaciones que deberán ser transmitidos al espectador. Es decir, el escenógrafo es quien dota de carácter al espacio, tal como el actor lo hace para el personaje. Hablando en este sentido, podemos decir que ambos se vuelven fundamentales en la puesta en escena, y me atrevería a decir que cuando estos elementos (espacio y personaje) juegan con sinergia es cuando la obra posee congruencia y se sostiene por sí misma.
La función del artista escenográfico es el ser capaz de traer al mundo tangible el espacio de comunicación entre el espectador y el personaje, porque, en mi opinión, la atmósfera construida no sólo es habitada por la historia, sino por nuestro público.
En Fenomenología del presentar Chevallier nos plantea una fórmula que permitiría comprender la relación entre nuestra labor como “creadores” y el resultado experimentado: “1 + 1 = 3” [1] Donde el + es un puente entre los factores que construyen ese “3”, el + es pues, el escenógrafo, el iluminador, el vestuarista, el productor, el director, y todos los creadores escénicos que aspiramos a evocar ese “3” en el teatro.
El planteamiento que presento es un mero acercamiento a lo que hasta ahora me ha dejado ver mi experiencia en el estudio del arte de la escenografía; un universo repleto de aprendizajes del espacio, del comportamiento de la luz y el color, de las múltiples sensaciones que provocan las texturas, y una infinidad de descubrimientos. De vuelta a mis recuerdos, yo quise llegar al teatro a partir de la actuación, pero lo encontré en la escenografía.
[1] Jean-Frédéric Chevallier, Fenomenología del presentar (2011) pg. 56.

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